miércoles, enero 30, 2013

Somos lo que comemos: el desafío de Peña Nieto

De Zócalo Saltillo
Ricardo Rocha



Enrique Peña Nieto podría hacer historia. Siempre y cuando se atreviera a entrarle al totémico tabú de cambiar el modelo económico de este país que ahora gobierna. 

A ver: el Presidente ha tenido el primer acierto en reconocer la brutal realidad del hambre que padecen 20 millones de mexicanos cada día; algo que intentaron ocultar los gobiernos de Fox y Calderón en la docena trágica. Pero lo que ahora tiene que procesar es elemental: el hambre es una manifestación de la pobreza y ésta es producto de un modelo económico neoliberal que ha convertido a México en la fábrica de pobres más eficiente del planeta. 

Pero conste que no se trata de un asunto de conmiseración o moral pública –pobres de los pobres, hay que ayudarlos–, sino de una realidad económica con un costo gigantesco en más de un sentido. Es incalculable la carga que la pobreza representa para todos nosotros; aunque sí podemos cuantificar las decenas de miles de millones de pesos en camas de hospital para enfermedades que ya no debieran existir si la mayoría tuviera un mínimo de nutrimentos cotidianamente. Añádanse los costos de inhabitables casas de interés social y de los propios programas asistencialistas como Solidaridad, Oportunidades y ahora la Cruzada Nacional contra el Hambre. 

Además, no basta con mitigar o erradicar el hambre, porque la pobreza incluye también otros aspectos fundamentales como salud, educación, empleo, salario digno y seguridad. Por ello, hace falta un programa mucho más amplio que un loable pero parcial esfuerzo. Adicionalmente, hay que reconocer que a nadie conviene que haya cada vez más pobres, porque luego quién compra. En China, te lo repiten en cada esquina: “nuestro despegue económico no se debió a la apertura a occidente sino a nuestra apertura hacia adentro, hacia nosotros mismos”. 

No sólo por convicción, sino también por conveniencia debemos abatir la pobreza desde sus causas estructurales y no sólo atenderla en sus manifestaciones. Por supuesto que no se trata de denostar, ni siquiera de menospreciar una iniciativa como la Cruzada Nacional contra el Hambre. Si la intención es responder a la emergencia, de acuerdo. Pero lo otro es también impostergable. No podemos seguir pagando el costo gigantesco de la pobreza. 

Por lo pronto, se presenta una coyuntura inmejorable con la presentación de la reforma fiscal que se procesa en el Pacto por México y que se hará pública y debatible en el segundo semestre de este mismo año. Una iniciativa que si se circunscribe al tema estricto de los impuestos será limitada y mediocre. Si realmente se quiere cambiar el rumbo del país tendría que representar un nuevo modelo económico en el que se implementen políticas inteligentes que promuevan ingreso y sustento para las familias más pobres mediante créditos, incentivos fiscales e implementación de micro y pequeñas empresas familiares o a través de cooperativas eficaces que no tengan que depender del presupuesto público. Se trata de generar actividades productivas en los municipios y regiones más pobres; ahí donde el hambre muerde todos los días. 

Por supuesto que para lograrlo se requiere de una firme voluntad política, de un enorme valor personal y de un sensible sentido de la historia.

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