Jorge Salazar García. 27/09/2026
Fueron militares, principalmente, los asesinos materiales de estudiantes y pueblo reunido en la Plaza de las Tres culturas de Tlatelolco hace 58 años. Esas mismas fuerzas armadas que, bajo el principio de “obediencia debida” reprimen a mexicanos por oponerse al despojo, saqueo y devastación de los recursos nacionales, también estuvieron involucradas en la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa (2014). No es la tropa, sino la cúpula militar podrida la que, aliada a los políticos corruptos y jefes de las mafias, deshonra al Ejército implementando los manuales yanquis de guerra contrainsurgente para eliminar a opositores y críticos del gobierno.
Con ese objetivo, después de 1968, continuaron sus operativos de exterminio por todo el país. Durante años lograron inhibir las protestas contra la persecución y criminalización de estudiantes y académicos. A Veracruz enviaron a Fernando Gutiérrez Barrios (1986-1988), agente de la CIA, según archivos desclasificados. Fue tan eficiente en Xalapa que hubo años sin conmemorar (en las calles) el 2 de octubre. En 1994, portando una cartulina con la leyenda, “2 de octubre no se olvida”, hice acto de presencia en la Plaza Regina. Sucedió lo esperado: algunos transeúntes se detenían momentáneamente a expresar su solidaridad. Lo mejor fue que el contingente se duplicó al sumarse a la conmemoración de esa fecha trágica un maestro normalista nacido en el estado de Guerrero.
Así conocí a Noé Suástegui Heredia, hombre excepcionalmente solidario y comprometido con las causas sociales que había estado presente en Tlatelolco. En diciembre próximo cumplirá 4 años de fallecido; en su memoria y en la de los caídos, transcribo parte de su testimonio publicado en el Diario de Xalapa (1994) donde relata lo vivido en aquella emboscada mortal en la que murió su compañero Juan José.
PARA NO OLVIDAR
-Hoy me motiva (hablar) el temor de que quizás con el paso de los años ese recuerdo se diluya en mi memoria, como parece sucedió en algunos participantes del movimiento. Tengo el sentimiento de que, de una manera u otra, debo continuar la lucha por la cual mis compañeros ofrendaron su vida.
A Juan José lo conocí en la secundaria. Y tal vez no lo hubiera hecho, a no ser por una circunstancia fortuita. El jefe de grupo en el salón, tomándose atribuciones indebidas y por querer quedar bien con los prefectos de la escuela, humillaba a los compañeros. Cuando tuve la mala suerte de ser el blanco de su agresión, desconcertado traté de esconderme con ganas de llorar, por la impotencia (…).Repentinamente, como una tabla de salvación en medio del océano, apareció Juan José encarándolo decididamente. A partir de ese día sentí estar en deuda con él. Simple detalle, dirán ustedes. Pero ese momento me hizo conocer la “madera” en la que estaba torneada la personalidad de Juan José. Supe que le molestaban profundamente las injusticias y que esa había sido la causa que lo impulsó a defenderme. Al concluir la secundaria, cada quien tomó su camino. El destino nos volvió a reunir en aquel mitin de Tlatelolco.
Yo participaba en el movimiento asistiendo a marchas, mítines; repartía propaganda en escuelas, camiones y lugares públicos, compartiendo con otros compañeros riesgos, alegrías, sueños y esperanzas en un ambiente fraterno insuperable.
Durante las guardias nocturnas recordaba a mi entrañable amigo Juan José. Harían dos años y meses que no lo veía; no obstante tenía la certeza de que andaba en el movimiento. Pensaba que si estuviera con nosotros seguramente nos defendería de los frecuentes embates policiacos. El recuerdo de su valentía me hacía superar mi debilidad.
Aquel miércoles, en compañía de la que hoy es mi esposa, Rosalía Mora, y otras compañeras de la Escuela Nacional de Maestros nos dirigíamos a Tlatelolco para participar en el mitin convocado por la dirigencia estudiantil. Como no había transporte nos tuvimos que ir caminando. Durante el trayecto comentamos la decisión del Consejo Nacional de Huelga (CNH) de suspender la marcha programada, debido a que no existían condiciones propicias.
Cerca de la explanada de Tlatelolco percibimos un ambiente tenso, una atmósfera pesada; el peligro era tangible pues la plaza se encontraba rodeada por el ejército: nada ni nadie podía entrar ni salir del lugar.
De repente vimos cómo, desde los helicópteros que sobrevolaban la plaza, lanzaban luces de colores (bengalas) para iniciar la balacera. Quienes estábamos fuera del cerco fuimos obligados con insultos, golpes y amenazas con armas de fuego a retirarnos del lugar. Mientras unos soldados se compadecían dejándonos ir sin agredirnos, otros nos dispersaban con ráfagas de metralleta. Nos protegimos entre las columnas del edificio de Relaciones Exteriores donde algunas balas rebotaban. Aterrados nos escondimos entre los carros estacionados y corrimos sin parar hasta llegar a la Torre Latinoamericana.
Yo encaminé a Rosalía hacia su casa prometiéndole que haría lo mismo. No cumplí mi promesa, pues sentí la necesidad de estar junto a mis compañeros y me regresé- (Rosalía comenta que Noé le hizo la parada a un autobús y la subió a la fuerza prometiéndole qué el también se iría a su casa).
-No pude acercarme, me lo impidieron las fuerzas oficiales que acordonaban el sitio mientras sus compinches ejecutaban la masacre. Me uní a otros jóvenes para intentar romper el cerco sin más armas que nuestra firme voluntad de hacer “algo” por nuestros compañeros sitiados.
Increíblemente logramos abrir un espacio por donde muchos pudieron escapar de aquel infierno; a otros los tuvimos que sacar a rastras debido a sus heridas. Desde luego, también sentíamos miedo pero éste era superado por el deseo de salvar a los amigos con quienes, durante meses, compartimos el ideal de construir un México más justo.
De pronto vi, de entre los que salían, a un jovencito que con mucha dificultad se mantenía de pie. Me acerqué rápidamente para ayudarlo. Apoyado en mí, caminamos unos cuantos pasos. Sorpresivamente.., sentí que mi acompañante se desvanecía, parecía estar herido de gravedad. Como pude, traté de acomodarlo en el suelo. Fue en ese preciso instante cuando, al observar de cerca su rostro, todo mi cuerpo se estremeció como sacudido por un electrochoque: ¡era mi excompañero de secundaria Juan José!
Desesperado lo traté de reanimar gritándole: ¡Soy yo, Noé, …! ¿¡No me recuerdas Juan!? Pareció hacerlo esbozando una ligera sonrisa. Pero cuando le dije que lo sacaría del lugar, exclamó con voz entrecortada: “¡Ya me fregaron esos desgraciados! ¡Siento que mi cuerpo va a reventar …!” - Controlando su dolor agregó:” tengo la seguridad de que triunfaremos”.- Ya con voz débil me pidió: “Si sales de esta, ¡continúa la lucha.”
-Creí responderle que sí. No estoy seguro si me escuchó o no, porque en ese instante dejó de existir…dejando su sangre en mis manos.
No quería creer lo que estaba sucediendo, deseaba que todo fuera un terrible sueño. Angustiado y lleno de dolor alcé la vista al cielo, respiré profundo, tratando de evadir esa realidad. Ya no escuchaba las ráfagas de metralleta que incendiaban el aire cual diminutos meteoritos mensajeros de muerte. Quedé paralizado por los ayes de dolor, el ruido de la balas y los insultos de la soldadesca que se acercaba mientras sostenía entre mis brazos el cuerpo inerte de mi querido compañero. Y aunque no tenía la menor intención de abandonarlo, algunos de los que pasaban corriendo me levantaron casi en vilo, alejándome del lugar, salvándome de los proyectiles y de las bayonetas asesinas.
Intenté regresar a donde estaba Juan José, no pude; las fuerzas represoras habían reforzado el cerco. Caminé sin rumbo ni sentido durante no sé cuánto tiempo. La madrugada del nuevo día me sorprendió encaminando mis pasos hacía mi querida escuela.
De mi amigo Juan José nunca supe más nada de él. Su cuerpo no apareció ni tampoco se encontró su nombre en la lista de los muertos, presos, heridos o desparecidos (…)
“Ellos mandaron el acero exterminio,/
ellos aquí encontraron a un pueblo que cantaba;/
un pueblo por deber y amor reunido…”
(“Los enemigos”; Pablo Neruda)
P.D. Recordar esos momentos trágicos no debe estimular el odio, sino convocar a la solidaridad con todos aquellos que siguen demandando Justicia y son amenazados en este reino de la impunidad sistémica.


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