Amorosa costumbre de Días de Muertos
Jorge Salazar García. 19/10/2026
Tenía 6 años de edad cuando fui llevado de regreso al pueblo donde nací. Es un lugar rodeado de verdes montañas pertenecientes a la Sierra de Chiconquiaco, Veracruz. Aunque el municipio fue constituido en 1881, los primeros pobladores de origen náhuatl ya estaban ahí desde mucho tiempo atrás. Su nombre oficial fue San Antonio Tepetlán; pero, en 1932, siendo gobernador Gonzalo Vázquez Vela, se eliminó el “San Antonio”, quedando sólo “Tepetlán”, vocablo náhuatl cuyo significado es “lugar entre cerros”.
Mi abuelita materna, Barbarita, periódicamente venía a Xalapa a vender huevos, servilletas bordadas y chiles en vinagre. Terminadas sus entregas visitaba a mi madre, quien con 5 hijos ya vivía en esta capital. En una de esas visitas me llevó consigo. Sorprendido y huraño llegué a la casa de los abuelos, se componía de dos piezas con piso de tierra y techo de teja; la delantera servía de sala, troje y dormitorio y estaba precedida por un corredor, al cual tres escalones de piedra daban acceso. En la habitación trasera había un gran brasero y unas tablas sirviendo de comedor. Naturalmente, a esa edad todo me pareció enorme, principalmente la altura del techo.
Ese día, pardeando la tarde, conocí al abuelo Juan; me asombró ver que le faltaba una pierna desde la rodilla. Aún así, era infatigable; por la mañana afilaba herramientas y soldaba con estaño utilizando una fragua; algunas veces le ayudé moviendo el fuelle. Llegada la tarde vendía cacahuates tostados, coco, palanquetas y pepitoria elaboradas por la abuela. Su primogénita, mi tía Irene, al emigrar a la ciudad de México, les dejó encargadas a sus hijas Chata y Lourdes. Estas primas, preadolescentes, me recibieron con mucho cariño; y “chiqueos”, agregaría.
LLEGAN LAS CALAVERAS
Días después, hubo mucho movimiento en el pueblo. Por sus callejuelas de terracería iba y venía gente. En la casa, el ajetreo me dejaba girando como pirinola descontrolada, ignorado por todos. Vi al abuelo abrir la puerta de la entrada y vaciar costales de mazorcas sobre una lona colocada en el suelo. Jaló una silla de palma y se acomodó en ella. Luego aflojó su pierna de palo y nos puso a desgranar mazorcas. Todos nos sentamos alrededor de aquel montículo, lo cual me pareció divertido. Entre risas y comentarios los maíces se acumulaban por un lado y los olotes por otro. No sé si desgrané siquiera una mazorca pues cuando un grano se me resistía pedía a mis primas lo hicieran por mí.
En esas estábamos cuando, de pronto, una ráfaga de viento entró a la habitación formando “remolinillos” con el polvo, pelos de elote y pedacitos de hojas levantados a su paso. Generalmente, de niño, uno juega con estos pequeños torbellinos corriendo tras ellos y desbaratándolos. Pero el comentario del abuelo me contuvo: “son los espíritus de los muertitos que están llegando”, dijo. Por supuesto, de espíritus no sabía nada, pero como en Xalapa, bajo la luz de la luna escuchaba cuentos de la palomilla del barrio sobre aparecidos y panteones, la alusión a los muertos me asustó y le pregunté al abuelo si los veía.
-No mijo- me contestó. Y continuó:- Cuando la gente muere, su alma se separa del cuerpo antes de ser enterrado. Sus espíritus viven para siempre y en los meses de octubre y noviembre nos visitan; no los vemos, pero los sentimos.
Aunque no entendí nada, la respuesta me tranquilizó temporalmente.
RECOLECCIÓN DE LA OFRENDA
Terminamos aquella tarea y el abuelo fue a la finca trasera por ramas, palos y carrizos.
Al regresar ordenó:
- Apúrense niñas, vayan por la ofrenda para el altar.
¿Qué será eso de la ofrenda? Me pregunté. Cada prima tomó una canasta (para mi enormes), y me llevaron con ellas. Salimos, y cuando llegamos a la primera casa, llamaron:
- ¡Doña meche, venimos por nuestra calavera!
- Si niñas. Espérenme tantito.
Luego la señora apareció trayendo algunos tamales y los depositó en una canasta. No vi a mis primas pagar por ellos; simplemente dijeron “GRACIAS” y se dirigieron a la siguiente casa. Esto se repitió a lo largo de la calle. Todas las familias, hasta la más humilde, compartieron algo. Al terminar el recorrido, las canastas, como cuernos de la abundancia, rebosaban de frutas, tamales de dulce, pipián, frijol y chile; también había jamoncillos y panes con figura de personas. Con la boca hecha agua y el estómago agitado como mis neuronas, esperaba me dieran algo más que probaditas; pero no sucedió.
EL ALTAR
Cuando regresamos, los abuelos ya habían armado el altar: tenía dos arcos amarrados delante y detrás de tablas que servían de mesa. Ayudamos a decorarlo con flores amarillas, canastitas de cartón adornadas con papel de china, cadenas y figuras de calaveras caladas del mismo material. No creo haber sido de mucha ayuda pero ellos, entre risas y juegos, me hicieron sentir lo contrario.
Ayudé a recoger el tiradero, barrer y colocar veladoras, retratos de personas para mi desconocidas, y sobre todo a poner la ofrenda recolectada junto a otros alimentos preparados por la abuela. Encendieron veladoras, el quinqué (no había luz eléctrica) y finalmente cenamos, pero, extrañamente no tomaron nada del altar. Antes de acostarnos, mientras las mujeres rezaban, el abuelo, al observar a mis golosos ojos brincar de la natilla al chocolate y del delicioso pan de huevo a la pepitoria, a modo de advertencia y señalando las fotos me susurró:
- Mijooo…, la ofrenda es para los muertitos.
¡Ups! Frustrados mis deseos antojadizos me acosté en la cama de mi abuelo; de lado, casi tocando la fría pared con mis narices. El sueño que normalmente llega pronto, esa noche parecía huir. Cuando apagaron el quinqué, la penumbra desparramó sombras por todo el cuarto y sensaciones desconcertantes e inéditas invadieron mi cuerpo. Poco a poco, lentamente, me adapté a la oscuridad hasta sólo percibir formas móviles en el techo y las paredes. Mi desmesurada imaginación y el movimiento de los pabilos de las veladoras dibujaban figuras y rostros fantasmagóricos por doquier. Con el corazón acelerado y los ojos abriendo mis párpados al máximo, aquellos espectros me obligaron a refugiarme acurrucado en el lugar más seguro e inexpugnable que a esa edad se tiene: ¡Debajo de las cobijas!
EL RECALENTADO
A la mañana siguiente me despertaron jalando las cobijas con brusquedad, pues me encontraron aferrado a ellas hecho un tamal envuelto en trapos. Tan pronto me levanté, volteé hacia el altar y vi a la ofrenda seguir ahí. Los muertos o no fueron o no les gustó, pensé.
Volviendo a la rutina fuimos a desayunar. Y, ahora sí, la abuela tomó algunos alimentos del altar. Aunque temía comerlos, el hambre medio contenida abatió mis temores. Sin embargo, podría jurarlo: el sabor estaba ausente o bastante disminuido. Más adelante me explicaron que los muertitos, agradecidos, sustraen sabores y olores de aquellos alimentos ofrendados por sus familiares en los “Días de Muertos”.
A mediados de noviembre regresé a Xalapa. No era más valiente pero ya no me atemorizaban los muertos.
LA VISITA DEL ABUELO
Meses más adelante mi mamá nos llevó a la casa de mi tía Estela, otra hermana, viviendo en Xalapa, en el mismo barrio. Recuerdo que había mucha gente. Allí, entre extremidades y el patio, los cuates y yo hicimos lo nuestro: corretear. Ya anocheciendo, mi madre me llevó a dormir a un cuartito trasero, solitario y tenuemente iluminado. Tan pronto mi oreja sintió la almohada me quedé dormido. De repente, alguien, tocando mi cabeza con su mano envuelta en un paliacate, me despertó. Era el abuelo Juan sentado en la cama, a mi derecha. Se quitó su sombrero, lo colocó a un lado y cuando empezó a desamarrar su pierna de palo tal como lo hacía cuando se disponía a descansar, le pregunté:
-¡Abuelito, abuelito!, ¿Dónde están Chata y Lourdes?
No sé si me contestó o no lo escuché. Pues salté de la cama y corrí a buscar a mis primas, suponiendo venían con él. Cuando las buscaba entre la gente, mi madre acompañada de mujeres vestidas de negro, me detuvo y viendo a mi abuelita apartada y cabizbaja, le pregunté por qué estaba así. Su reacción fue mirarme con ternura.
-Ya dile Luchita (Luz María)- Pidió una de sus amigas.
En ese instante aparecieron mis primas y abrazándome, me dijeron:
-Ven mi niño.
Me llevaron hacía donde había velas grandes encendidas. Todos en silencio nos abrían paso. Me pararon frente a un caja diciéndome:
-Ahí está el abuelito Juan, murió en la mañana.
-No es cierto, él está acostado allá atrás. Él me despertó con su pañuelo- les dije incrédulo.
Sorprendidas las mujeres cuchicheaban entre sí. Logré escuchar a alguien mencionar haber visto un paliacate dentro de la caja. Nadie dijo más nada en voz alta. Mis primas, la abuelita y mi madre me abrazaron compasivamente y me regresaron a dormir.
Real o soñado, esa noche me despertó el abuelo. Sigo sin recordar su mensaje. No obstante, haber dedicado 35 años como maestro a fortalecer la costumbre de “Días de Muertos” en mis alumnos, me gusta pensar que su mensaje se relacionaba con esta amorosa tradición: La muerte no es el final de la vida sino su complemento.
COSTUMBRE TRASTOCADA
“Pedir para la calaverita” a los vecinos, permitía compartir con otros lo poco o mucho que se poseía. Hacía posible dar una digna ofrenda al espíritu del ser querido fallecido. Esta costumbre se ha ido sustituyendo por la yanqui de “truco o trato” realizada en la “noche de brujas” con la cual los niños sólo piden para sí mismos usando, sin saber, el chantaje y normalizando la idea de que extorsionar es bueno. Lamentablemente, muchos padres ignoran las consecuencias negativas de promover en sus hijos esa costumbre importada del Halloween.
Relegar o trastocar costumbres fundadas en los valores universales de respeto, amor, gratitud y solidaridad nos conduce a perder identidad y el sentido de colectividad. Hacerlo privilegiando el negocio y consumismo pulveriza los significados profundos y trascendentes de esa bellísima tradición de Días de Muertos declarada “Obra Maestra del Patrimonio Oral y Tangible de la Humanidad” por la UNESCO en 2003.

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